De cara a las elecciones de abril de 2026, nuestro escenario político se presenta como un laberinto de confusiones y desencantos. Las agrupaciones de derecha, lejos de mostrarse con firmeza y convicción, parecen avergonzadas de reconocerse como tales. Se esconden detrás de apellidos estrafalarios y ridículos, sumidos en un mar de complejos que, al final del día, les impide ofrecer al electorado una opción clara, atractiva y coherente. El ciudadano que busca una derecha valiente, conformada por gente inteligente y con experiencia en la política y en la vida real, se encuentra con un mosaico de indecisiones y disfraces que no inspiran confianza, y que son más de lo mismo.
En su versión contemporánea, la derecha peruana no logra articular un discurso que conecte con las necesidades de una sociedad marcada por la violencia extremista, los rencores acumulados y los desafíos cotidianos de sobrevivir en un entorno muy hostil. En lugar de presentarse como alternativa sólida, se diluye en la incapacidad de definirse, dejando al votante sin un referente claro. Esta falta de identidad es, en sí misma, un terrible síntoma de debilidad política y cultural.
Por si fuera poco, el elector deberá enfrentarse a la “sábana” de opciones que el Jurado Nacional de Elecciones pondrá frente a él. Un organismo que ha sido copado por las izquierdas y que organiza este proceso de manera tramposa, obligando a Juan Pueblo a bucear entre cuarenta y tantas agrupaciones para encontrar el símbolo de su candidato. La dispersión y la confusión son, en este caso, armas estratégicas para debilitar la capacidad de decisión ciudadana y favorecer a quienes mejor saben navegar en el caos.
La izquierda peruana, por su lado, está dividida. El comunismo sudaca, representando la versión más destructiva y violentista, mantiene afinidades hacia los regímenes cubano y/o venezolano. El “caviarismo”, caracterizado por el cinismo y la corrupción, usa la justicia como herramienta política para someter a los poderes Legislativo y Ejecutivo y gobernar autoritariamente. Y el “socialismo”, disfrazado de socialcristianismo y en proceso de extinción, en esencia repite las mismas fórmulas de sus predecesores con distinto ropaje. Ninguno de estos sectores ofrece una alternativa real de progreso; más bien, todos han demostrado ser capaces de empobrecer y de dividir más al país.
También es cierto que el conservador local carga con muchos defectos. Se le asocia a una falta de apertura al diálogo, que lo aleja de la ciudadanía. Esta rigidez, sumada a la incapacidad de articular propuestas modernas y atractivas, contribuye a que la derecha no logre consolidarse como opción fácilmente viable frente al avance de las izquierdas.
Las opciones que se presentan, tanto en la derecha como en la izquierda, están radiografiadas en los regímenes que ya conocemos: humalistas, pepecausas, vizcarristas y castillistas. Ellos representan lo peor de nuestra historia republicana reciente, marcados por la corrupción, la improvisación y el fracaso institucional. Difícil elección la que tendremos que enfrentar en abril de 2026: entre una derecha muy acomplejada y una izquierda fragmentada, ambas incapaces de ofrecer un horizonte de esperanza.
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